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osmanize

Osmani Reyes

En crecimiento. Lo demás, secundario.📚
Producer & Creative Director
Founder @i4_films |Host @encontrando_a_itaca
Dev. Pers. & Neuromarketing

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Proyecto 66 - 2.0


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Ingeniería Interior — @sadhguru


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1 months ago

Producción.


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1 months ago

Producción.
Parte 3


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3 months ago

Producción.
Parte 2


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3 months ago


Producción.
Parte 1


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3 months ago

Producción.

PD: El delantal que llevo es una obra de @flores.concept


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3 months ago

Proyecto 66.
Este proyecto no nació desde la ambición ni desde un plan brillante. Nació desde el cansancio de repetirme. Desde la necesidad de dejar de huir y cambiar algo más profundo que los hábitos: la identidad desde la que estaba viviendo.

Durante 66 días no busqué motivación ni resultados rápidos. Busqué coherencia. Dejar automatismos, desmontar mentiras cómodas, salir de formas de operar desde la carencia, la culpa o el ruido. No fue épico ni ordenado. Fue incómodo, silencioso y muy real.

El proyecto se sostuvo en tres etapas claras: desprogramación, reprogramación e integración. No como teoría, sino como experiencia vivida. Primero desmontar lo que ya no servía, luego instalar nuevas formas de operar y, finalmente, aprender a sostenerlas en lo cotidiano.

En el proceso se fueron cosas.
Personas, dinámicas, hábitos que ya no sostenían, formas de anestesiar, de postergar, de fingir que todo estaba bien. No mejores ni peores. De otra etapa.

También llegaron otras palabras, más firmes: criterio, amor propio, coherencia, responsabilidad emocional. Aprender a transitar duelos sin escapar, a sostener decisiones, a cumplir la palabra que me doy incluso cuando nadie mira y con ello velar más frontal por cumplir la palabra dada. Sin miedo, sin culpa, sin vergüenza.

El primer día fue aceptar que algo tenía que cambiar.
El último no se sintió como una meta. Se sintió como fidelidad.

Hoy no me siento resuelto. Me siento distinto. Más presente, más claro, más honesto conmigo. Esto no cierra un camino, marca un punto donde ya no se puede fingir igual.

Por eso hoy desarchivo, por un tiempo, el post de los zapatos de flores: como recordatorio del camino recorrido. Como todo archivo, algún día volverá a guardarse. No porque pierda valor, sino porque ya habrá cumplido su función.

Agradezco el recorrido, incluso lo que dolió; lo que fue, lo que ya no es y lo que empieza a tomar forma. Cierro una etapa con respeto y abro la siguiente con criterio. Me siento orgulloso del hombre que está naciendo, más consciente, capaz de abrazar sin temor sus propios fantasmas. Sé que no estoy solo, y por eso también, gracias.


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Proyecto 66.
Este proyecto no nació desde la ambición ni desde un plan brillante. Nació desde el cansancio de repetirme. Desde la necesidad de dejar de huir y cambiar algo más profundo que los hábitos: la identidad desde la que estaba viviendo.

Durante 66 días no busqué motivación ni resultados rápidos. Busqué coherencia. Dejar automatismos, desmontar mentiras cómodas, salir de formas de operar desde la carencia, la culpa o el ruido. No fue épico ni ordenado. Fue incómodo, silencioso y muy real.

El proyecto se sostuvo en tres etapas claras: desprogramación, reprogramación e integración. No como teoría, sino como experiencia vivida. Primero desmontar lo que ya no servía, luego instalar nuevas formas de operar y, finalmente, aprender a sostenerlas en lo cotidiano.

En el proceso se fueron cosas.
Personas, dinámicas, hábitos que ya no sostenían, formas de anestesiar, de postergar, de fingir que todo estaba bien. No mejores ni peores. De otra etapa.

También llegaron otras palabras, más firmes: criterio, amor propio, coherencia, responsabilidad emocional. Aprender a transitar duelos sin escapar, a sostener decisiones, a cumplir la palabra que me doy incluso cuando nadie mira y con ello velar más frontal por cumplir la palabra dada. Sin miedo, sin culpa, sin vergüenza.

El primer día fue aceptar que algo tenía que cambiar.
El último no se sintió como una meta. Se sintió como fidelidad.

Hoy no me siento resuelto. Me siento distinto. Más presente, más claro, más honesto conmigo. Esto no cierra un camino, marca un punto donde ya no se puede fingir igual.

Por eso hoy desarchivo, por un tiempo, el post de los zapatos de flores: como recordatorio del camino recorrido. Como todo archivo, algún día volverá a guardarse. No porque pierda valor, sino porque ya habrá cumplido su función.

Agradezco el recorrido, incluso lo que dolió; lo que fue, lo que ya no es y lo que empieza a tomar forma. Cierro una etapa con respeto y abro la siguiente con criterio. Me siento orgulloso del hombre que está naciendo, más consciente, capaz de abrazar sin temor sus propios fantasmas. Sé que no estoy solo, y por eso también, gracias.


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Proyecto 66.
Este proyecto no nació desde la ambición ni desde un plan brillante. Nació desde el cansancio de repetirme. Desde la necesidad de dejar de huir y cambiar algo más profundo que los hábitos: la identidad desde la que estaba viviendo.

Durante 66 días no busqué motivación ni resultados rápidos. Busqué coherencia. Dejar automatismos, desmontar mentiras cómodas, salir de formas de operar desde la carencia, la culpa o el ruido. No fue épico ni ordenado. Fue incómodo, silencioso y muy real.

El proyecto se sostuvo en tres etapas claras: desprogramación, reprogramación e integración. No como teoría, sino como experiencia vivida. Primero desmontar lo que ya no servía, luego instalar nuevas formas de operar y, finalmente, aprender a sostenerlas en lo cotidiano.

En el proceso se fueron cosas.
Personas, dinámicas, hábitos que ya no sostenían, formas de anestesiar, de postergar, de fingir que todo estaba bien. No mejores ni peores. De otra etapa.

También llegaron otras palabras, más firmes: criterio, amor propio, coherencia, responsabilidad emocional. Aprender a transitar duelos sin escapar, a sostener decisiones, a cumplir la palabra que me doy incluso cuando nadie mira y con ello velar más frontal por cumplir la palabra dada. Sin miedo, sin culpa, sin vergüenza.

El primer día fue aceptar que algo tenía que cambiar.
El último no se sintió como una meta. Se sintió como fidelidad.

Hoy no me siento resuelto. Me siento distinto. Más presente, más claro, más honesto conmigo. Esto no cierra un camino, marca un punto donde ya no se puede fingir igual.

Por eso hoy desarchivo, por un tiempo, el post de los zapatos de flores: como recordatorio del camino recorrido. Como todo archivo, algún día volverá a guardarse. No porque pierda valor, sino porque ya habrá cumplido su función.

Agradezco el recorrido, incluso lo que dolió; lo que fue, lo que ya no es y lo que empieza a tomar forma. Cierro una etapa con respeto y abro la siguiente con criterio. Me siento orgulloso del hombre que está naciendo, más consciente, capaz de abrazar sin temor sus propios fantasmas. Sé que no estoy solo, y por eso también, gracias.


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Proyecto 66.
Este proyecto no nació desde la ambición ni desde un plan brillante. Nació desde el cansancio de repetirme. Desde la necesidad de dejar de huir y cambiar algo más profundo que los hábitos: la identidad desde la que estaba viviendo.

Durante 66 días no busqué motivación ni resultados rápidos. Busqué coherencia. Dejar automatismos, desmontar mentiras cómodas, salir de formas de operar desde la carencia, la culpa o el ruido. No fue épico ni ordenado. Fue incómodo, silencioso y muy real.

El proyecto se sostuvo en tres etapas claras: desprogramación, reprogramación e integración. No como teoría, sino como experiencia vivida. Primero desmontar lo que ya no servía, luego instalar nuevas formas de operar y, finalmente, aprender a sostenerlas en lo cotidiano.

En el proceso se fueron cosas.
Personas, dinámicas, hábitos que ya no sostenían, formas de anestesiar, de postergar, de fingir que todo estaba bien. No mejores ni peores. De otra etapa.

También llegaron otras palabras, más firmes: criterio, amor propio, coherencia, responsabilidad emocional. Aprender a transitar duelos sin escapar, a sostener decisiones, a cumplir la palabra que me doy incluso cuando nadie mira y con ello velar más frontal por cumplir la palabra dada. Sin miedo, sin culpa, sin vergüenza.

El primer día fue aceptar que algo tenía que cambiar.
El último no se sintió como una meta. Se sintió como fidelidad.

Hoy no me siento resuelto. Me siento distinto. Más presente, más claro, más honesto conmigo. Esto no cierra un camino, marca un punto donde ya no se puede fingir igual.

Por eso hoy desarchivo, por un tiempo, el post de los zapatos de flores: como recordatorio del camino recorrido. Como todo archivo, algún día volverá a guardarse. No porque pierda valor, sino porque ya habrá cumplido su función.

Agradezco el recorrido, incluso lo que dolió; lo que fue, lo que ya no es y lo que empieza a tomar forma. Cierro una etapa con respeto y abro la siguiente con criterio. Me siento orgulloso del hombre que está naciendo, más consciente, capaz de abrazar sin temor sus propios fantasmas. Sé que no estoy solo, y por eso también, gracias.


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Este proyecto no nació desde la ambición ni desde un plan brillante. Nació desde el cansancio de repetirme. Desde la necesidad de dejar de huir y cambiar algo más profundo que los hábitos: la identidad desde la que estaba viviendo.

Durante 66 días no busqué motivación ni resultados rápidos. Busqué coherencia. Dejar automatismos, desmontar mentiras cómodas, salir de formas de operar desde la carencia, la culpa o el ruido. No fue épico ni ordenado. Fue incómodo, silencioso y muy real.

El proyecto se sostuvo en tres etapas claras: desprogramación, reprogramación e integración. No como teoría, sino como experiencia vivida. Primero desmontar lo que ya no servía, luego instalar nuevas formas de operar y, finalmente, aprender a sostenerlas en lo cotidiano.

En el proceso se fueron cosas.
Personas, dinámicas, hábitos que ya no sostenían, formas de anestesiar, de postergar, de fingir que todo estaba bien. No mejores ni peores. De otra etapa.

También llegaron otras palabras, más firmes: criterio, amor propio, coherencia, responsabilidad emocional. Aprender a transitar duelos sin escapar, a sostener decisiones, a cumplir la palabra que me doy incluso cuando nadie mira y con ello velar más frontal por cumplir la palabra dada. Sin miedo, sin culpa, sin vergüenza.

El primer día fue aceptar que algo tenía que cambiar.
El último no se sintió como una meta. Se sintió como fidelidad.

Hoy no me siento resuelto. Me siento distinto. Más presente, más claro, más honesto conmigo. Esto no cierra un camino, marca un punto donde ya no se puede fingir igual.

Por eso hoy desarchivo, por un tiempo, el post de los zapatos de flores: como recordatorio del camino recorrido. Como todo archivo, algún día volverá a guardarse. No porque pierda valor, sino porque ya habrá cumplido su función.

Agradezco el recorrido, incluso lo que dolió; lo que fue, lo que ya no es y lo que empieza a tomar forma. Cierro una etapa con respeto y abro la siguiente con criterio. Me siento orgulloso del hombre que está naciendo, más consciente, capaz de abrazar sin temor sus propios fantasmas. Sé que no estoy solo, y por eso también, gracias.


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Proyecto 66.
Este proyecto no nació desde la ambición ni desde un plan brillante. Nació desde el cansancio de repetirme. Desde la necesidad de dejar de huir y cambiar algo más profundo que los hábitos: la identidad desde la que estaba viviendo.

Durante 66 días no busqué motivación ni resultados rápidos. Busqué coherencia. Dejar automatismos, desmontar mentiras cómodas, salir de formas de operar desde la carencia, la culpa o el ruido. No fue épico ni ordenado. Fue incómodo, silencioso y muy real.

El proyecto se sostuvo en tres etapas claras: desprogramación, reprogramación e integración. No como teoría, sino como experiencia vivida. Primero desmontar lo que ya no servía, luego instalar nuevas formas de operar y, finalmente, aprender a sostenerlas en lo cotidiano.

En el proceso se fueron cosas.
Personas, dinámicas, hábitos que ya no sostenían, formas de anestesiar, de postergar, de fingir que todo estaba bien. No mejores ni peores. De otra etapa.

También llegaron otras palabras, más firmes: criterio, amor propio, coherencia, responsabilidad emocional. Aprender a transitar duelos sin escapar, a sostener decisiones, a cumplir la palabra que me doy incluso cuando nadie mira y con ello velar más frontal por cumplir la palabra dada. Sin miedo, sin culpa, sin vergüenza.

El primer día fue aceptar que algo tenía que cambiar.
El último no se sintió como una meta. Se sintió como fidelidad.

Hoy no me siento resuelto. Me siento distinto. Más presente, más claro, más honesto conmigo. Esto no cierra un camino, marca un punto donde ya no se puede fingir igual.

Por eso hoy desarchivo, por un tiempo, el post de los zapatos de flores: como recordatorio del camino recorrido. Como todo archivo, algún día volverá a guardarse. No porque pierda valor, sino porque ya habrá cumplido su función.

Agradezco el recorrido, incluso lo que dolió; lo que fue, lo que ya no es y lo que empieza a tomar forma. Cierro una etapa con respeto y abro la siguiente con criterio. Me siento orgulloso del hombre que está naciendo, más consciente, capaz de abrazar sin temor sus propios fantasmas. Sé que no estoy solo, y por eso también, gracias.


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Proyecto 66.
Este proyecto no nació desde la ambición ni desde un plan brillante. Nació desde el cansancio de repetirme. Desde la necesidad de dejar de huir y cambiar algo más profundo que los hábitos: la identidad desde la que estaba viviendo.

Durante 66 días no busqué motivación ni resultados rápidos. Busqué coherencia. Dejar automatismos, desmontar mentiras cómodas, salir de formas de operar desde la carencia, la culpa o el ruido. No fue épico ni ordenado. Fue incómodo, silencioso y muy real.

El proyecto se sostuvo en tres etapas claras: desprogramación, reprogramación e integración. No como teoría, sino como experiencia vivida. Primero desmontar lo que ya no servía, luego instalar nuevas formas de operar y, finalmente, aprender a sostenerlas en lo cotidiano.

En el proceso se fueron cosas.
Personas, dinámicas, hábitos que ya no sostenían, formas de anestesiar, de postergar, de fingir que todo estaba bien. No mejores ni peores. De otra etapa.

También llegaron otras palabras, más firmes: criterio, amor propio, coherencia, responsabilidad emocional. Aprender a transitar duelos sin escapar, a sostener decisiones, a cumplir la palabra que me doy incluso cuando nadie mira y con ello velar más frontal por cumplir la palabra dada. Sin miedo, sin culpa, sin vergüenza.

El primer día fue aceptar que algo tenía que cambiar.
El último no se sintió como una meta. Se sintió como fidelidad.

Hoy no me siento resuelto. Me siento distinto. Más presente, más claro, más honesto conmigo. Esto no cierra un camino, marca un punto donde ya no se puede fingir igual.

Por eso hoy desarchivo, por un tiempo, el post de los zapatos de flores: como recordatorio del camino recorrido. Como todo archivo, algún día volverá a guardarse. No porque pierda valor, sino porque ya habrá cumplido su función.

Agradezco el recorrido, incluso lo que dolió; lo que fue, lo que ya no es y lo que empieza a tomar forma. Cierro una etapa con respeto y abro la siguiente con criterio. Me siento orgulloso del hombre que está naciendo, más consciente, capaz de abrazar sin temor sus propios fantasmas. Sé que no estoy solo, y por eso también, gracias.


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Este proyecto no nació desde la ambición ni desde un plan brillante. Nació desde el cansancio de repetirme. Desde la necesidad de dejar de huir y cambiar algo más profundo que los hábitos: la identidad desde la que estaba viviendo.

Durante 66 días no busqué motivación ni resultados rápidos. Busqué coherencia. Dejar automatismos, desmontar mentiras cómodas, salir de formas de operar desde la carencia, la culpa o el ruido. No fue épico ni ordenado. Fue incómodo, silencioso y muy real.

El proyecto se sostuvo en tres etapas claras: desprogramación, reprogramación e integración. No como teoría, sino como experiencia vivida. Primero desmontar lo que ya no servía, luego instalar nuevas formas de operar y, finalmente, aprender a sostenerlas en lo cotidiano.

En el proceso se fueron cosas.
Personas, dinámicas, hábitos que ya no sostenían, formas de anestesiar, de postergar, de fingir que todo estaba bien. No mejores ni peores. De otra etapa.

También llegaron otras palabras, más firmes: criterio, amor propio, coherencia, responsabilidad emocional. Aprender a transitar duelos sin escapar, a sostener decisiones, a cumplir la palabra que me doy incluso cuando nadie mira y con ello velar más frontal por cumplir la palabra dada. Sin miedo, sin culpa, sin vergüenza.

El primer día fue aceptar que algo tenía que cambiar.
El último no se sintió como una meta. Se sintió como fidelidad.

Hoy no me siento resuelto. Me siento distinto. Más presente, más claro, más honesto conmigo. Esto no cierra un camino, marca un punto donde ya no se puede fingir igual.

Por eso hoy desarchivo, por un tiempo, el post de los zapatos de flores: como recordatorio del camino recorrido. Como todo archivo, algún día volverá a guardarse. No porque pierda valor, sino porque ya habrá cumplido su función.

Agradezco el recorrido, incluso lo que dolió; lo que fue, lo que ya no es y lo que empieza a tomar forma. Cierro una etapa con respeto y abro la siguiente con criterio. Me siento orgulloso del hombre que está naciendo, más consciente, capaz de abrazar sin temor sus propios fantasmas. Sé que no estoy solo, y por eso también, gracias.


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Proyecto 66.
Este proyecto no nació desde la ambición ni desde un plan brillante. Nació desde el cansancio de repetirme. Desde la necesidad de dejar de huir y cambiar algo más profundo que los hábitos: la identidad desde la que estaba viviendo.

Durante 66 días no busqué motivación ni resultados rápidos. Busqué coherencia. Dejar automatismos, desmontar mentiras cómodas, salir de formas de operar desde la carencia, la culpa o el ruido. No fue épico ni ordenado. Fue incómodo, silencioso y muy real.

El proyecto se sostuvo en tres etapas claras: desprogramación, reprogramación e integración. No como teoría, sino como experiencia vivida. Primero desmontar lo que ya no servía, luego instalar nuevas formas de operar y, finalmente, aprender a sostenerlas en lo cotidiano.

En el proceso se fueron cosas.
Personas, dinámicas, hábitos que ya no sostenían, formas de anestesiar, de postergar, de fingir que todo estaba bien. No mejores ni peores. De otra etapa.

También llegaron otras palabras, más firmes: criterio, amor propio, coherencia, responsabilidad emocional. Aprender a transitar duelos sin escapar, a sostener decisiones, a cumplir la palabra que me doy incluso cuando nadie mira y con ello velar más frontal por cumplir la palabra dada. Sin miedo, sin culpa, sin vergüenza.

El primer día fue aceptar que algo tenía que cambiar.
El último no se sintió como una meta. Se sintió como fidelidad.

Hoy no me siento resuelto. Me siento distinto. Más presente, más claro, más honesto conmigo. Esto no cierra un camino, marca un punto donde ya no se puede fingir igual.

Por eso hoy desarchivo, por un tiempo, el post de los zapatos de flores: como recordatorio del camino recorrido. Como todo archivo, algún día volverá a guardarse. No porque pierda valor, sino porque ya habrá cumplido su función.

Agradezco el recorrido, incluso lo que dolió; lo que fue, lo que ya no es y lo que empieza a tomar forma. Cierro una etapa con respeto y abro la siguiente con criterio. Me siento orgulloso del hombre que está naciendo, más consciente, capaz de abrazar sin temor sus propios fantasmas. Sé que no estoy solo, y por eso también, gracias.


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Proyecto 66.
Este proyecto no nació desde la ambición ni desde un plan brillante. Nació desde el cansancio de repetirme. Desde la necesidad de dejar de huir y cambiar algo más profundo que los hábitos: la identidad desde la que estaba viviendo.

Durante 66 días no busqué motivación ni resultados rápidos. Busqué coherencia. Dejar automatismos, desmontar mentiras cómodas, salir de formas de operar desde la carencia, la culpa o el ruido. No fue épico ni ordenado. Fue incómodo, silencioso y muy real.

El proyecto se sostuvo en tres etapas claras: desprogramación, reprogramación e integración. No como teoría, sino como experiencia vivida. Primero desmontar lo que ya no servía, luego instalar nuevas formas de operar y, finalmente, aprender a sostenerlas en lo cotidiano.

En el proceso se fueron cosas.
Personas, dinámicas, hábitos que ya no sostenían, formas de anestesiar, de postergar, de fingir que todo estaba bien. No mejores ni peores. De otra etapa.

También llegaron otras palabras, más firmes: criterio, amor propio, coherencia, responsabilidad emocional. Aprender a transitar duelos sin escapar, a sostener decisiones, a cumplir la palabra que me doy incluso cuando nadie mira y con ello velar más frontal por cumplir la palabra dada. Sin miedo, sin culpa, sin vergüenza.

El primer día fue aceptar que algo tenía que cambiar.
El último no se sintió como una meta. Se sintió como fidelidad.

Hoy no me siento resuelto. Me siento distinto. Más presente, más claro, más honesto conmigo. Esto no cierra un camino, marca un punto donde ya no se puede fingir igual.

Por eso hoy desarchivo, por un tiempo, el post de los zapatos de flores: como recordatorio del camino recorrido. Como todo archivo, algún día volverá a guardarse. No porque pierda valor, sino porque ya habrá cumplido su función.

Agradezco el recorrido, incluso lo que dolió; lo que fue, lo que ya no es y lo que empieza a tomar forma. Cierro una etapa con respeto y abro la siguiente con criterio. Me siento orgulloso del hombre que está naciendo, más consciente, capaz de abrazar sin temor sus propios fantasmas. Sé que no estoy solo, y por eso también, gracias.


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Este proyecto no nació desde la ambición ni desde un plan brillante. Nació desde el cansancio de repetirme. Desde la necesidad de dejar de huir y cambiar algo más profundo que los hábitos: la identidad desde la que estaba viviendo.

Durante 66 días no busqué motivación ni resultados rápidos. Busqué coherencia. Dejar automatismos, desmontar mentiras cómodas, salir de formas de operar desde la carencia, la culpa o el ruido. No fue épico ni ordenado. Fue incómodo, silencioso y muy real.

El proyecto se sostuvo en tres etapas claras: desprogramación, reprogramación e integración. No como teoría, sino como experiencia vivida. Primero desmontar lo que ya no servía, luego instalar nuevas formas de operar y, finalmente, aprender a sostenerlas en lo cotidiano.

En el proceso se fueron cosas.
Personas, dinámicas, hábitos que ya no sostenían, formas de anestesiar, de postergar, de fingir que todo estaba bien. No mejores ni peores. De otra etapa.

También llegaron otras palabras, más firmes: criterio, amor propio, coherencia, responsabilidad emocional. Aprender a transitar duelos sin escapar, a sostener decisiones, a cumplir la palabra que me doy incluso cuando nadie mira y con ello velar más frontal por cumplir la palabra dada. Sin miedo, sin culpa, sin vergüenza.

El primer día fue aceptar que algo tenía que cambiar.
El último no se sintió como una meta. Se sintió como fidelidad.

Hoy no me siento resuelto. Me siento distinto. Más presente, más claro, más honesto conmigo. Esto no cierra un camino, marca un punto donde ya no se puede fingir igual.

Por eso hoy desarchivo, por un tiempo, el post de los zapatos de flores: como recordatorio del camino recorrido. Como todo archivo, algún día volverá a guardarse. No porque pierda valor, sino porque ya habrá cumplido su función.

Agradezco el recorrido, incluso lo que dolió; lo que fue, lo que ya no es y lo que empieza a tomar forma. Cierro una etapa con respeto y abro la siguiente con criterio. Me siento orgulloso del hombre que está naciendo, más consciente, capaz de abrazar sin temor sus propios fantasmas. Sé que no estoy solo, y por eso también, gracias.


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Este proyecto no nació desde la ambición ni desde un plan brillante. Nació desde el cansancio de repetirme. Desde la necesidad de dejar de huir y cambiar algo más profundo que los hábitos: la identidad desde la que estaba viviendo.

Durante 66 días no busqué motivación ni resultados rápidos. Busqué coherencia. Dejar automatismos, desmontar mentiras cómodas, salir de formas de operar desde la carencia, la culpa o el ruido. No fue épico ni ordenado. Fue incómodo, silencioso y muy real.

El proyecto se sostuvo en tres etapas claras: desprogramación, reprogramación e integración. No como teoría, sino como experiencia vivida. Primero desmontar lo que ya no servía, luego instalar nuevas formas de operar y, finalmente, aprender a sostenerlas en lo cotidiano.

En el proceso se fueron cosas.
Personas, dinámicas, hábitos que ya no sostenían, formas de anestesiar, de postergar, de fingir que todo estaba bien. No mejores ni peores. De otra etapa.

También llegaron otras palabras, más firmes: criterio, amor propio, coherencia, responsabilidad emocional. Aprender a transitar duelos sin escapar, a sostener decisiones, a cumplir la palabra que me doy incluso cuando nadie mira y con ello velar más frontal por cumplir la palabra dada. Sin miedo, sin culpa, sin vergüenza.

El primer día fue aceptar que algo tenía que cambiar.
El último no se sintió como una meta. Se sintió como fidelidad.

Hoy no me siento resuelto. Me siento distinto. Más presente, más claro, más honesto conmigo. Esto no cierra un camino, marca un punto donde ya no se puede fingir igual.

Por eso hoy desarchivo, por un tiempo, el post de los zapatos de flores: como recordatorio del camino recorrido. Como todo archivo, algún día volverá a guardarse. No porque pierda valor, sino porque ya habrá cumplido su función.

Agradezco el recorrido, incluso lo que dolió; lo que fue, lo que ya no es y lo que empieza a tomar forma. Cierro una etapa con respeto y abro la siguiente con criterio. Me siento orgulloso del hombre que está naciendo, más consciente, capaz de abrazar sin temor sus propios fantasmas. Sé que no estoy solo, y por eso también, gracias.


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Este proyecto no nació desde la ambición ni desde un plan brillante. Nació desde el cansancio de repetirme. Desde la necesidad de dejar de huir y cambiar algo más profundo que los hábitos: la identidad desde la que estaba viviendo.

Durante 66 días no busqué motivación ni resultados rápidos. Busqué coherencia. Dejar automatismos, desmontar mentiras cómodas, salir de formas de operar desde la carencia, la culpa o el ruido. No fue épico ni ordenado. Fue incómodo, silencioso y muy real.

El proyecto se sostuvo en tres etapas claras: desprogramación, reprogramación e integración. No como teoría, sino como experiencia vivida. Primero desmontar lo que ya no servía, luego instalar nuevas formas de operar y, finalmente, aprender a sostenerlas en lo cotidiano.

En el proceso se fueron cosas.
Personas, dinámicas, hábitos que ya no sostenían, formas de anestesiar, de postergar, de fingir que todo estaba bien. No mejores ni peores. De otra etapa.

También llegaron otras palabras, más firmes: criterio, amor propio, coherencia, responsabilidad emocional. Aprender a transitar duelos sin escapar, a sostener decisiones, a cumplir la palabra que me doy incluso cuando nadie mira y con ello velar más frontal por cumplir la palabra dada. Sin miedo, sin culpa, sin vergüenza.

El primer día fue aceptar que algo tenía que cambiar.
El último no se sintió como una meta. Se sintió como fidelidad.

Hoy no me siento resuelto. Me siento distinto. Más presente, más claro, más honesto conmigo. Esto no cierra un camino, marca un punto donde ya no se puede fingir igual.

Por eso hoy desarchivo, por un tiempo, el post de los zapatos de flores: como recordatorio del camino recorrido. Como todo archivo, algún día volverá a guardarse. No porque pierda valor, sino porque ya habrá cumplido su función.

Agradezco el recorrido, incluso lo que dolió; lo que fue, lo que ya no es y lo que empieza a tomar forma. Cierro una etapa con respeto y abro la siguiente con criterio. Me siento orgulloso del hombre que está naciendo, más consciente, capaz de abrazar sin temor sus propios fantasmas. Sé que no estoy solo, y por eso también, gracias.


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Este proyecto no nació desde la ambición ni desde un plan brillante. Nació desde el cansancio de repetirme. Desde la necesidad de dejar de huir y cambiar algo más profundo que los hábitos: la identidad desde la que estaba viviendo.

Durante 66 días no busqué motivación ni resultados rápidos. Busqué coherencia. Dejar automatismos, desmontar mentiras cómodas, salir de formas de operar desde la carencia, la culpa o el ruido. No fue épico ni ordenado. Fue incómodo, silencioso y muy real.

El proyecto se sostuvo en tres etapas claras: desprogramación, reprogramación e integración. No como teoría, sino como experiencia vivida. Primero desmontar lo que ya no servía, luego instalar nuevas formas de operar y, finalmente, aprender a sostenerlas en lo cotidiano.

En el proceso se fueron cosas.
Personas, dinámicas, hábitos que ya no sostenían, formas de anestesiar, de postergar, de fingir que todo estaba bien. No mejores ni peores. De otra etapa.

También llegaron otras palabras, más firmes: criterio, amor propio, coherencia, responsabilidad emocional. Aprender a transitar duelos sin escapar, a sostener decisiones, a cumplir la palabra que me doy incluso cuando nadie mira y con ello velar más frontal por cumplir la palabra dada. Sin miedo, sin culpa, sin vergüenza.

El primer día fue aceptar que algo tenía que cambiar.
El último no se sintió como una meta. Se sintió como fidelidad.

Hoy no me siento resuelto. Me siento distinto. Más presente, más claro, más honesto conmigo. Esto no cierra un camino, marca un punto donde ya no se puede fingir igual.

Por eso hoy desarchivo, por un tiempo, el post de los zapatos de flores: como recordatorio del camino recorrido. Como todo archivo, algún día volverá a guardarse. No porque pierda valor, sino porque ya habrá cumplido su función.

Agradezco el recorrido, incluso lo que dolió; lo que fue, lo que ya no es y lo que empieza a tomar forma. Cierro una etapa con respeto y abro la siguiente con criterio. Me siento orgulloso del hombre que está naciendo, más consciente, capaz de abrazar sin temor sus propios fantasmas. Sé que no estoy solo, y por eso también, gracias.


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Este proyecto no nació desde la ambición ni desde un plan brillante. Nació desde el cansancio de repetirme. Desde la necesidad de dejar de huir y cambiar algo más profundo que los hábitos: la identidad desde la que estaba viviendo.

Durante 66 días no busqué motivación ni resultados rápidos. Busqué coherencia. Dejar automatismos, desmontar mentiras cómodas, salir de formas de operar desde la carencia, la culpa o el ruido. No fue épico ni ordenado. Fue incómodo, silencioso y muy real.

El proyecto se sostuvo en tres etapas claras: desprogramación, reprogramación e integración. No como teoría, sino como experiencia vivida. Primero desmontar lo que ya no servía, luego instalar nuevas formas de operar y, finalmente, aprender a sostenerlas en lo cotidiano.

En el proceso se fueron cosas.
Personas, dinámicas, hábitos que ya no sostenían, formas de anestesiar, de postergar, de fingir que todo estaba bien. No mejores ni peores. De otra etapa.

También llegaron otras palabras, más firmes: criterio, amor propio, coherencia, responsabilidad emocional. Aprender a transitar duelos sin escapar, a sostener decisiones, a cumplir la palabra que me doy incluso cuando nadie mira y con ello velar más frontal por cumplir la palabra dada. Sin miedo, sin culpa, sin vergüenza.

El primer día fue aceptar que algo tenía que cambiar.
El último no se sintió como una meta. Se sintió como fidelidad.

Hoy no me siento resuelto. Me siento distinto. Más presente, más claro, más honesto conmigo. Esto no cierra un camino, marca un punto donde ya no se puede fingir igual.

Por eso hoy desarchivo, por un tiempo, el post de los zapatos de flores: como recordatorio del camino recorrido. Como todo archivo, algún día volverá a guardarse. No porque pierda valor, sino porque ya habrá cumplido su función.

Agradezco el recorrido, incluso lo que dolió; lo que fue, lo que ya no es y lo que empieza a tomar forma. Cierro una etapa con respeto y abro la siguiente con criterio. Me siento orgulloso del hombre que está naciendo, más consciente, capaz de abrazar sin temor sus propios fantasmas. Sé que no estoy solo, y por eso también, gracias.


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Proyecto 66.
Este proyecto no nació desde la ambición ni desde un plan brillante. Nació desde el cansancio de repetirme. Desde la necesidad de dejar de huir y cambiar algo más profundo que los hábitos: la identidad desde la que estaba viviendo.

Durante 66 días no busqué motivación ni resultados rápidos. Busqué coherencia. Dejar automatismos, desmontar mentiras cómodas, salir de formas de operar desde la carencia, la culpa o el ruido. No fue épico ni ordenado. Fue incómodo, silencioso y muy real.

El proyecto se sostuvo en tres etapas claras: desprogramación, reprogramación e integración. No como teoría, sino como experiencia vivida. Primero desmontar lo que ya no servía, luego instalar nuevas formas de operar y, finalmente, aprender a sostenerlas en lo cotidiano.

En el proceso se fueron cosas.
Personas, dinámicas, hábitos que ya no sostenían, formas de anestesiar, de postergar, de fingir que todo estaba bien. No mejores ni peores. De otra etapa.

También llegaron otras palabras, más firmes: criterio, amor propio, coherencia, responsabilidad emocional. Aprender a transitar duelos sin escapar, a sostener decisiones, a cumplir la palabra que me doy incluso cuando nadie mira y con ello velar más frontal por cumplir la palabra dada. Sin miedo, sin culpa, sin vergüenza.

El primer día fue aceptar que algo tenía que cambiar.
El último no se sintió como una meta. Se sintió como fidelidad.

Hoy no me siento resuelto. Me siento distinto. Más presente, más claro, más honesto conmigo. Esto no cierra un camino, marca un punto donde ya no se puede fingir igual.

Por eso hoy desarchivo, por un tiempo, el post de los zapatos de flores: como recordatorio del camino recorrido. Como todo archivo, algún día volverá a guardarse. No porque pierda valor, sino porque ya habrá cumplido su función.

Agradezco el recorrido, incluso lo que dolió; lo que fue, lo que ya no es y lo que empieza a tomar forma. Cierro una etapa con respeto y abro la siguiente con criterio. Me siento orgulloso del hombre que está naciendo, más consciente, capaz de abrazar sin temor sus propios fantasmas. Sé que no estoy solo, y por eso también, gracias.


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Proyecto 66.
Este proyecto no nació desde la ambición ni desde un plan brillante. Nació desde el cansancio de repetirme. Desde la necesidad de dejar de huir y cambiar algo más profundo que los hábitos: la identidad desde la que estaba viviendo.

Durante 66 días no busqué motivación ni resultados rápidos. Busqué coherencia. Dejar automatismos, desmontar mentiras cómodas, salir de formas de operar desde la carencia, la culpa o el ruido. No fue épico ni ordenado. Fue incómodo, silencioso y muy real.

El proyecto se sostuvo en tres etapas claras: desprogramación, reprogramación e integración. No como teoría, sino como experiencia vivida. Primero desmontar lo que ya no servía, luego instalar nuevas formas de operar y, finalmente, aprender a sostenerlas en lo cotidiano.

En el proceso se fueron cosas.
Personas, dinámicas, hábitos que ya no sostenían, formas de anestesiar, de postergar, de fingir que todo estaba bien. No mejores ni peores. De otra etapa.

También llegaron otras palabras, más firmes: criterio, amor propio, coherencia, responsabilidad emocional. Aprender a transitar duelos sin escapar, a sostener decisiones, a cumplir la palabra que me doy incluso cuando nadie mira y con ello velar más frontal por cumplir la palabra dada. Sin miedo, sin culpa, sin vergüenza.

El primer día fue aceptar que algo tenía que cambiar.
El último no se sintió como una meta. Se sintió como fidelidad.

Hoy no me siento resuelto. Me siento distinto. Más presente, más claro, más honesto conmigo. Esto no cierra un camino, marca un punto donde ya no se puede fingir igual.

Por eso hoy desarchivo, por un tiempo, el post de los zapatos de flores: como recordatorio del camino recorrido. Como todo archivo, algún día volverá a guardarse. No porque pierda valor, sino porque ya habrá cumplido su función.

Agradezco el recorrido, incluso lo que dolió; lo que fue, lo que ya no es y lo que empieza a tomar forma. Cierro una etapa con respeto y abro la siguiente con criterio. Me siento orgulloso del hombre que está naciendo, más consciente, capaz de abrazar sin temor sus propios fantasmas. Sé que no estoy solo, y por eso también, gracias.


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Este proyecto no nació desde la ambición ni desde un plan brillante. Nació desde el cansancio de repetirme. Desde la necesidad de dejar de huir y cambiar algo más profundo que los hábitos: la identidad desde la que estaba viviendo.

Durante 66 días no busqué motivación ni resultados rápidos. Busqué coherencia. Dejar automatismos, desmontar mentiras cómodas, salir de formas de operar desde la carencia, la culpa o el ruido. No fue épico ni ordenado. Fue incómodo, silencioso y muy real.

El proyecto se sostuvo en tres etapas claras: desprogramación, reprogramación e integración. No como teoría, sino como experiencia vivida. Primero desmontar lo que ya no servía, luego instalar nuevas formas de operar y, finalmente, aprender a sostenerlas en lo cotidiano.

En el proceso se fueron cosas.
Personas, dinámicas, hábitos que ya no sostenían, formas de anestesiar, de postergar, de fingir que todo estaba bien. No mejores ni peores. De otra etapa.

También llegaron otras palabras, más firmes: criterio, amor propio, coherencia, responsabilidad emocional. Aprender a transitar duelos sin escapar, a sostener decisiones, a cumplir la palabra que me doy incluso cuando nadie mira y con ello velar más frontal por cumplir la palabra dada. Sin miedo, sin culpa, sin vergüenza.

El primer día fue aceptar que algo tenía que cambiar.
El último no se sintió como una meta. Se sintió como fidelidad.

Hoy no me siento resuelto. Me siento distinto. Más presente, más claro, más honesto conmigo. Esto no cierra un camino, marca un punto donde ya no se puede fingir igual.

Por eso hoy desarchivo, por un tiempo, el post de los zapatos de flores: como recordatorio del camino recorrido. Como todo archivo, algún día volverá a guardarse. No porque pierda valor, sino porque ya habrá cumplido su función.

Agradezco el recorrido, incluso lo que dolió; lo que fue, lo que ya no es y lo que empieza a tomar forma. Cierro una etapa con respeto y abro la siguiente con criterio. Me siento orgulloso del hombre que está naciendo, más consciente, capaz de abrazar sin temor sus propios fantasmas. Sé que no estoy solo, y por eso también, gracias.


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