César Acebal
Una de las últimas aventuras que nos deparó el año 2025 nos llevó hasta una cumbre emblemática de los Picos de Europa: ¡¡ la Peña Santa de Enol !!(o Torre de Santa María). Techo de Cangas de Onís y la segunda más alta del Macizo Occidental.
Fue el 18 de octubre, saliendo de Buferrera, junto con mis padres y nuestros amigos César y María, llevándonos en total unas 13 horas (muy bonito llegar a los Lagos de noche). La ascensión y el día en general, totalmente memorable, trepadas de las que dan muy buenas sensaciones y te hacen disfrutar. Me queda muy buen recuerdo de esta cumbre, ¡nos vemos en la siguiente!
#PicosdeEuropa #TorredeSantaMaria #PeñaSantadeEnol #montañismo #alpinismo

El vacío que hay en casa, sin gatinos por primera vez en diecinueve años, desde que llegó Lana, es solo comparable al que siento ahora en mi alma, al haberse ido Bimba, la segunda que entró en casa, hace trece años, y que llevaba siendo «gatina única» desde que murió Tesa hace año y medio. Iba a decir que no tenemos suerte con los bichos, pero sí, suerte sí tenemos, por todo lo que nos ha dado cada una. Lo que pasa es que no nos duran, jolín. Y una vez más, desde que en aquel verano de 2016 cambió todo, la muerte golpeando cerca, cuando aún no toca, la ausencia de los seres amados. El vacío. El dolor. Justo cuando empiezas a sentirte muy feliz y afortunado.
De lo malo, habrá que quedarse con que en este caso fue de repente, de un día para otro, cuando se puso malísima. Este fin de semana, que coincidió que quedamos en casa, fue uno de los que más feliz y contenta estuvo, con nosotros en la cama, ronroneando, con esa manía que tenía de ponerse encima de mi pecho, bien arriba, y lamerme y morderme la cara, frotar sus mejillas con las mías y, finalmente, quedarse dormida con la cabeza bien apoyada en la mía.
O, y aunque precisamente por eso el vacío es mayor, y me siento raro sin tener siempre que estoy en casa a un gato encima, como cuando tenía que trabajar casi todos los días con ella o bien echada en mi regazo o encima del escritorio, cada vez que me sentaba al ordenador. Por no hablar de la costumbre que tenía de ponerse de pie encima de mí, de vez en cuando, pasar una patuca a cada lado de mi cuello, como si me abrazase, y empezar a lamerme, hasta que tenía que apartarla para poder ver la pantalla del ordenador.
Así que sí, suerte sí que hemos tenido de poder sentir todo eso, por haber tenido tres gatinas tan especiales, cada una a su manera. Pero duele mucho.
Ahora ya estás con Lanita, con lo que os queríais y la depresión que pillaste cuando murió. Ya podéis volver a dormir juntas, abrazadas. Y hazle también un poco de caso a Tesita, anda, que también te quería mucho.
Te echamos mucho de menos, Bimba. Os echamos de menos a las tres.

El vacío que hay en casa, sin gatinos por primera vez en diecinueve años, desde que llegó Lana, es solo comparable al que siento ahora en mi alma, al haberse ido Bimba, la segunda que entró en casa, hace trece años, y que llevaba siendo «gatina única» desde que murió Tesa hace año y medio. Iba a decir que no tenemos suerte con los bichos, pero sí, suerte sí tenemos, por todo lo que nos ha dado cada una. Lo que pasa es que no nos duran, jolín. Y una vez más, desde que en aquel verano de 2016 cambió todo, la muerte golpeando cerca, cuando aún no toca, la ausencia de los seres amados. El vacío. El dolor. Justo cuando empiezas a sentirte muy feliz y afortunado.
De lo malo, habrá que quedarse con que en este caso fue de repente, de un día para otro, cuando se puso malísima. Este fin de semana, que coincidió que quedamos en casa, fue uno de los que más feliz y contenta estuvo, con nosotros en la cama, ronroneando, con esa manía que tenía de ponerse encima de mi pecho, bien arriba, y lamerme y morderme la cara, frotar sus mejillas con las mías y, finalmente, quedarse dormida con la cabeza bien apoyada en la mía.
O, y aunque precisamente por eso el vacío es mayor, y me siento raro sin tener siempre que estoy en casa a un gato encima, como cuando tenía que trabajar casi todos los días con ella o bien echada en mi regazo o encima del escritorio, cada vez que me sentaba al ordenador. Por no hablar de la costumbre que tenía de ponerse de pie encima de mí, de vez en cuando, pasar una patuca a cada lado de mi cuello, como si me abrazase, y empezar a lamerme, hasta que tenía que apartarla para poder ver la pantalla del ordenador.
Así que sí, suerte sí que hemos tenido de poder sentir todo eso, por haber tenido tres gatinas tan especiales, cada una a su manera. Pero duele mucho.
Ahora ya estás con Lanita, con lo que os queríais y la depresión que pillaste cuando murió. Ya podéis volver a dormir juntas, abrazadas. Y hazle también un poco de caso a Tesita, anda, que también te quería mucho.
Te echamos mucho de menos, Bimba. Os echamos de menos a las tres.

El vacío que hay en casa, sin gatinos por primera vez en diecinueve años, desde que llegó Lana, es solo comparable al que siento ahora en mi alma, al haberse ido Bimba, la segunda que entró en casa, hace trece años, y que llevaba siendo «gatina única» desde que murió Tesa hace año y medio. Iba a decir que no tenemos suerte con los bichos, pero sí, suerte sí tenemos, por todo lo que nos ha dado cada una. Lo que pasa es que no nos duran, jolín. Y una vez más, desde que en aquel verano de 2016 cambió todo, la muerte golpeando cerca, cuando aún no toca, la ausencia de los seres amados. El vacío. El dolor. Justo cuando empiezas a sentirte muy feliz y afortunado.
De lo malo, habrá que quedarse con que en este caso fue de repente, de un día para otro, cuando se puso malísima. Este fin de semana, que coincidió que quedamos en casa, fue uno de los que más feliz y contenta estuvo, con nosotros en la cama, ronroneando, con esa manía que tenía de ponerse encima de mi pecho, bien arriba, y lamerme y morderme la cara, frotar sus mejillas con las mías y, finalmente, quedarse dormida con la cabeza bien apoyada en la mía.
O, y aunque precisamente por eso el vacío es mayor, y me siento raro sin tener siempre que estoy en casa a un gato encima, como cuando tenía que trabajar casi todos los días con ella o bien echada en mi regazo o encima del escritorio, cada vez que me sentaba al ordenador. Por no hablar de la costumbre que tenía de ponerse de pie encima de mí, de vez en cuando, pasar una patuca a cada lado de mi cuello, como si me abrazase, y empezar a lamerme, hasta que tenía que apartarla para poder ver la pantalla del ordenador.
Así que sí, suerte sí que hemos tenido de poder sentir todo eso, por haber tenido tres gatinas tan especiales, cada una a su manera. Pero duele mucho.
Ahora ya estás con Lanita, con lo que os queríais y la depresión que pillaste cuando murió. Ya podéis volver a dormir juntas, abrazadas. Y hazle también un poco de caso a Tesita, anda, que también te quería mucho.
Te echamos mucho de menos, Bimba. Os echamos de menos a las tres.

El vacío que hay en casa, sin gatinos por primera vez en diecinueve años, desde que llegó Lana, es solo comparable al que siento ahora en mi alma, al haberse ido Bimba, la segunda que entró en casa, hace trece años, y que llevaba siendo «gatina única» desde que murió Tesa hace año y medio. Iba a decir que no tenemos suerte con los bichos, pero sí, suerte sí tenemos, por todo lo que nos ha dado cada una. Lo que pasa es que no nos duran, jolín. Y una vez más, desde que en aquel verano de 2016 cambió todo, la muerte golpeando cerca, cuando aún no toca, la ausencia de los seres amados. El vacío. El dolor. Justo cuando empiezas a sentirte muy feliz y afortunado.
De lo malo, habrá que quedarse con que en este caso fue de repente, de un día para otro, cuando se puso malísima. Este fin de semana, que coincidió que quedamos en casa, fue uno de los que más feliz y contenta estuvo, con nosotros en la cama, ronroneando, con esa manía que tenía de ponerse encima de mi pecho, bien arriba, y lamerme y morderme la cara, frotar sus mejillas con las mías y, finalmente, quedarse dormida con la cabeza bien apoyada en la mía.
O, y aunque precisamente por eso el vacío es mayor, y me siento raro sin tener siempre que estoy en casa a un gato encima, como cuando tenía que trabajar casi todos los días con ella o bien echada en mi regazo o encima del escritorio, cada vez que me sentaba al ordenador. Por no hablar de la costumbre que tenía de ponerse de pie encima de mí, de vez en cuando, pasar una patuca a cada lado de mi cuello, como si me abrazase, y empezar a lamerme, hasta que tenía que apartarla para poder ver la pantalla del ordenador.
Así que sí, suerte sí que hemos tenido de poder sentir todo eso, por haber tenido tres gatinas tan especiales, cada una a su manera. Pero duele mucho.
Ahora ya estás con Lanita, con lo que os queríais y la depresión que pillaste cuando murió. Ya podéis volver a dormir juntas, abrazadas. Y hazle también un poco de caso a Tesita, anda, que también te quería mucho.
Te echamos mucho de menos, Bimba. Os echamos de menos a las tres.

El vacío que hay en casa, sin gatinos por primera vez en diecinueve años, desde que llegó Lana, es solo comparable al que siento ahora en mi alma, al haberse ido Bimba, la segunda que entró en casa, hace trece años, y que llevaba siendo «gatina única» desde que murió Tesa hace año y medio. Iba a decir que no tenemos suerte con los bichos, pero sí, suerte sí tenemos, por todo lo que nos ha dado cada una. Lo que pasa es que no nos duran, jolín. Y una vez más, desde que en aquel verano de 2016 cambió todo, la muerte golpeando cerca, cuando aún no toca, la ausencia de los seres amados. El vacío. El dolor. Justo cuando empiezas a sentirte muy feliz y afortunado.
De lo malo, habrá que quedarse con que en este caso fue de repente, de un día para otro, cuando se puso malísima. Este fin de semana, que coincidió que quedamos en casa, fue uno de los que más feliz y contenta estuvo, con nosotros en la cama, ronroneando, con esa manía que tenía de ponerse encima de mi pecho, bien arriba, y lamerme y morderme la cara, frotar sus mejillas con las mías y, finalmente, quedarse dormida con la cabeza bien apoyada en la mía.
O, y aunque precisamente por eso el vacío es mayor, y me siento raro sin tener siempre que estoy en casa a un gato encima, como cuando tenía que trabajar casi todos los días con ella o bien echada en mi regazo o encima del escritorio, cada vez que me sentaba al ordenador. Por no hablar de la costumbre que tenía de ponerse de pie encima de mí, de vez en cuando, pasar una patuca a cada lado de mi cuello, como si me abrazase, y empezar a lamerme, hasta que tenía que apartarla para poder ver la pantalla del ordenador.
Así que sí, suerte sí que hemos tenido de poder sentir todo eso, por haber tenido tres gatinas tan especiales, cada una a su manera. Pero duele mucho.
Ahora ya estás con Lanita, con lo que os queríais y la depresión que pillaste cuando murió. Ya podéis volver a dormir juntas, abrazadas. Y hazle también un poco de caso a Tesita, anda, que también te quería mucho.
Te echamos mucho de menos, Bimba. Os echamos de menos a las tres.

Aunque está siendo un comienzo de curso un pelín duro, entre las clases en inglés, no haber tenido vacaciones, la muerte de Tesita… sigue habiendo días especiales que lo compensan.
Hoy ha sido uno de esos, completos. Y sin hacer nada tampoco demasiado especial. Pero volvimos a escalar, después de no se sabe cuántos meses. Y, después, al llegar, después de misa, una iniciativa de unos chavales de aquí que son de esas cosas que te hacen tener esperanza no solo en esta generación sino, en concreto, en el futuro de la Cuenca: Redes Musicales.
Presentación en la iglesia de La Felguera de un proyecto de música de cámara con un concierto de dos de los fundadores: Ludwing Dürichen (no, este no era de la Cuenca 😜) y Nicolás Marqués Ruiz. Y un pequeńo coloquio donde también estaba presente Luis Fernández Castaño, el tercero.
Da gusto ver iniciativas así, más aquí. Y da gusto ver a gente tan joven tan preparada, cosmopolita, con tantas ambiciones y ganas de hacer cosas. Y cosas chulas, encima. Y, para rizar el rizo, no para ellos, sino para la sociedad y su terruño.
Un delicioso concierto de presentación con la «Sonata para dos violines en Re mayor, op. 3 n° 6» de Jean-Marie Leclair y el «Dueto concertante para dos violines en Re mayor, op. 67 n° 3» de Louis Spohr.
Rematado por, como dijo el simpático Ludwing, «una propina»: «Por una cabeza», de Carlos Gardel.
Que tengan toda la suerte de mundo en su proyecto.
Se lo merecen. La cuenca no sé si se lo merece o no, pero sin duda necesitase gente como estos chavales.

Aunque está siendo un comienzo de curso un pelín duro, entre las clases en inglés, no haber tenido vacaciones, la muerte de Tesita… sigue habiendo días especiales que lo compensan.
Hoy ha sido uno de esos, completos. Y sin hacer nada tampoco demasiado especial. Pero volvimos a escalar, después de no se sabe cuántos meses. Y, después, al llegar, después de misa, una iniciativa de unos chavales de aquí que son de esas cosas que te hacen tener esperanza no solo en esta generación sino, en concreto, en el futuro de la Cuenca: Redes Musicales.
Presentación en la iglesia de La Felguera de un proyecto de música de cámara con un concierto de dos de los fundadores: Ludwing Dürichen (no, este no era de la Cuenca 😜) y Nicolás Marqués Ruiz. Y un pequeńo coloquio donde también estaba presente Luis Fernández Castaño, el tercero.
Da gusto ver iniciativas así, más aquí. Y da gusto ver a gente tan joven tan preparada, cosmopolita, con tantas ambiciones y ganas de hacer cosas. Y cosas chulas, encima. Y, para rizar el rizo, no para ellos, sino para la sociedad y su terruño.
Un delicioso concierto de presentación con la «Sonata para dos violines en Re mayor, op. 3 n° 6» de Jean-Marie Leclair y el «Dueto concertante para dos violines en Re mayor, op. 67 n° 3» de Louis Spohr.
Rematado por, como dijo el simpático Ludwing, «una propina»: «Por una cabeza», de Carlos Gardel.
Que tengan toda la suerte de mundo en su proyecto.
Se lo merecen. La cuenca no sé si se lo merece o no, pero sin duda necesitase gente como estos chavales.

Aunque está siendo un comienzo de curso un pelín duro, entre las clases en inglés, no haber tenido vacaciones, la muerte de Tesita… sigue habiendo días especiales que lo compensan.
Hoy ha sido uno de esos, completos. Y sin hacer nada tampoco demasiado especial. Pero volvimos a escalar, después de no se sabe cuántos meses. Y, después, al llegar, después de misa, una iniciativa de unos chavales de aquí que son de esas cosas que te hacen tener esperanza no solo en esta generación sino, en concreto, en el futuro de la Cuenca: Redes Musicales.
Presentación en la iglesia de La Felguera de un proyecto de música de cámara con un concierto de dos de los fundadores: Ludwing Dürichen (no, este no era de la Cuenca 😜) y Nicolás Marqués Ruiz. Y un pequeńo coloquio donde también estaba presente Luis Fernández Castaño, el tercero.
Da gusto ver iniciativas así, más aquí. Y da gusto ver a gente tan joven tan preparada, cosmopolita, con tantas ambiciones y ganas de hacer cosas. Y cosas chulas, encima. Y, para rizar el rizo, no para ellos, sino para la sociedad y su terruño.
Un delicioso concierto de presentación con la «Sonata para dos violines en Re mayor, op. 3 n° 6» de Jean-Marie Leclair y el «Dueto concertante para dos violines en Re mayor, op. 67 n° 3» de Louis Spohr.
Rematado por, como dijo el simpático Ludwing, «una propina»: «Por una cabeza», de Carlos Gardel.
Que tengan toda la suerte de mundo en su proyecto.
Se lo merecen. La cuenca no sé si se lo merece o no, pero sin duda necesitase gente como estos chavales.

Aunque está siendo un comienzo de curso un pelín duro, entre las clases en inglés, no haber tenido vacaciones, la muerte de Tesita… sigue habiendo días especiales que lo compensan.
Hoy ha sido uno de esos, completos. Y sin hacer nada tampoco demasiado especial. Pero volvimos a escalar, después de no se sabe cuántos meses. Y, después, al llegar, después de misa, una iniciativa de unos chavales de aquí que son de esas cosas que te hacen tener esperanza no solo en esta generación sino, en concreto, en el futuro de la Cuenca: Redes Musicales.
Presentación en la iglesia de La Felguera de un proyecto de música de cámara con un concierto de dos de los fundadores: Ludwing Dürichen (no, este no era de la Cuenca 😜) y Nicolás Marqués Ruiz. Y un pequeńo coloquio donde también estaba presente Luis Fernández Castaño, el tercero.
Da gusto ver iniciativas así, más aquí. Y da gusto ver a gente tan joven tan preparada, cosmopolita, con tantas ambiciones y ganas de hacer cosas. Y cosas chulas, encima. Y, para rizar el rizo, no para ellos, sino para la sociedad y su terruño.
Un delicioso concierto de presentación con la «Sonata para dos violines en Re mayor, op. 3 n° 6» de Jean-Marie Leclair y el «Dueto concertante para dos violines en Re mayor, op. 67 n° 3» de Louis Spohr.
Rematado por, como dijo el simpático Ludwing, «una propina»: «Por una cabeza», de Carlos Gardel.
Que tengan toda la suerte de mundo en su proyecto.
Se lo merecen. La cuenca no sé si se lo merece o no, pero sin duda necesitase gente como estos chavales.

Aunque está siendo un comienzo de curso un pelín duro, entre las clases en inglés, no haber tenido vacaciones, la muerte de Tesita… sigue habiendo días especiales que lo compensan.
Hoy ha sido uno de esos, completos. Y sin hacer nada tampoco demasiado especial. Pero volvimos a escalar, después de no se sabe cuántos meses. Y, después, al llegar, después de misa, una iniciativa de unos chavales de aquí que son de esas cosas que te hacen tener esperanza no solo en esta generación sino, en concreto, en el futuro de la Cuenca: Redes Musicales.
Presentación en la iglesia de La Felguera de un proyecto de música de cámara con un concierto de dos de los fundadores: Ludwing Dürichen (no, este no era de la Cuenca 😜) y Nicolás Marqués Ruiz. Y un pequeńo coloquio donde también estaba presente Luis Fernández Castaño, el tercero.
Da gusto ver iniciativas así, más aquí. Y da gusto ver a gente tan joven tan preparada, cosmopolita, con tantas ambiciones y ganas de hacer cosas. Y cosas chulas, encima. Y, para rizar el rizo, no para ellos, sino para la sociedad y su terruño.
Un delicioso concierto de presentación con la «Sonata para dos violines en Re mayor, op. 3 n° 6» de Jean-Marie Leclair y el «Dueto concertante para dos violines en Re mayor, op. 67 n° 3» de Louis Spohr.
Rematado por, como dijo el simpático Ludwing, «una propina»: «Por una cabeza», de Carlos Gardel.
Que tengan toda la suerte de mundo en su proyecto.
Se lo merecen. La cuenca no sé si se lo merece o no, pero sin duda necesitase gente como estos chavales.
Unas «vacaciones» diferentes. Para empezar, de solo cinco días, por haberme quedado cuidando de la gatina. Y ahora, aunque me escapé esta semana a Llanes tras la muerte de Tesa, la tristeza infinita me impide disfrutar de nada plenamente.
Aun así, aún es posible hallar momentos de algo que en otras circunstancias me habría resultado lo más parecido a la felicidad.
(Playa de les muyeres y Puertu chicu desde la Fabián).
Seguimos con la calistenia... también en la playa. 😀 El pasado domingo en Barro.

Aunque ahora esté alejadísimo de este mundo de las carreras de montaña y prefiera disfrutar de la montaña, sin más, de vez en cuando hay alguna como esta de TielVertical, una carreruca de pueblo, de las que prestan, que ya corrí en 2015 por primera vez, y a las que procuro volver siempre que puedo. Esta fue mi quinta participación, y siempre es un placer volver a estar en este entorno y aprovechar de paso para que no se nos olvide sufrir un poco de vez en cuando. Y luego una cervecina (bueno, dos) en Poo de Cabrales, huyendo del bullicio de Llanes y hasta de Arenas, y que son esos momentos que cada vez disfrutamos más.

Aunque ahora esté alejadísimo de este mundo de las carreras de montaña y prefiera disfrutar de la montaña, sin más, de vez en cuando hay alguna como esta de TielVertical, una carreruca de pueblo, de las que prestan, que ya corrí en 2015 por primera vez, y a las que procuro volver siempre que puedo. Esta fue mi quinta participación, y siempre es un placer volver a estar en este entorno y aprovechar de paso para que no se nos olvide sufrir un poco de vez en cuando. Y luego una cervecina (bueno, dos) en Poo de Cabrales, huyendo del bullicio de Llanes y hasta de Arenas, y que son esos momentos que cada vez disfrutamos más.

Aunque ahora esté alejadísimo de este mundo de las carreras de montaña y prefiera disfrutar de la montaña, sin más, de vez en cuando hay alguna como esta de TielVertical, una carreruca de pueblo, de las que prestan, que ya corrí en 2015 por primera vez, y a las que procuro volver siempre que puedo. Esta fue mi quinta participación, y siempre es un placer volver a estar en este entorno y aprovechar de paso para que no se nos olvide sufrir un poco de vez en cuando. Y luego una cervecina (bueno, dos) en Poo de Cabrales, huyendo del bullicio de Llanes y hasta de Arenas, y que son esos momentos que cada vez disfrutamos más.

Aunque ahora esté alejadísimo de este mundo de las carreras de montaña y prefiera disfrutar de la montaña, sin más, de vez en cuando hay alguna como esta de TielVertical, una carreruca de pueblo, de las que prestan, que ya corrí en 2015 por primera vez, y a las que procuro volver siempre que puedo. Esta fue mi quinta participación, y siempre es un placer volver a estar en este entorno y aprovechar de paso para que no se nos olvide sufrir un poco de vez en cuando. Y luego una cervecina (bueno, dos) en Poo de Cabrales, huyendo del bullicio de Llanes y hasta de Arenas, y que son esos momentos que cada vez disfrutamos más.

Aunque ahora esté alejadísimo de este mundo de las carreras de montaña y prefiera disfrutar de la montaña, sin más, de vez en cuando hay alguna como esta de TielVertical, una carreruca de pueblo, de las que prestan, que ya corrí en 2015 por primera vez, y a las que procuro volver siempre que puedo. Esta fue mi quinta participación, y siempre es un placer volver a estar en este entorno y aprovechar de paso para que no se nos olvide sufrir un poco de vez en cuando. Y luego una cervecina (bueno, dos) en Poo de Cabrales, huyendo del bullicio de Llanes y hasta de Arenas, y que son esos momentos que cada vez disfrutamos más.

El alma ya pedía volver a Picos: canal de Jidiellu desde el collado que separa Las Malatas de los Campos de Valdominguero.
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